Las matanzas en Palestina continúan. Y a mi ya no me quedan
palabras.
Tanto tiempo repitiendo lo mismo, tantos años diciendo que
los exterminan gota a gota o los masacran.
Tanto tiempo gastado llamando asesinos a los sionistas que
hoy esas sílabas manoseadas me parece que no dicen todo lo que sucede, lo que viene
sucediendo en aquella tierra desde hace décadas.
Decir que allí las cárceles están llenas de niños, no
impacta.
Decir que la violencia allí es tan rutinaria como respirar,
no estremece.
Decir que los palestinos viven en el infierno es no
alcanzar a explicar toda la barbarie.
Yo me rindo como poeta, pero no me rindo como ser humano.
Aunque estos renglones que escribo no detengan la sangre preciosa
que se derrama.
Aunque estos versos huelan la pólvora sobre el olivo.
Aunque estos versos no sean el detonador que dinamite las
alegres casas de los ocupantes.
Aunque estos versos suenen a liturgia inútil.
No tengo el pecho frío, por mis raíces sube el dolor de los
oprimidos.
Suena el paso de las muletas acercándose con los heridos.
Suena el llanto estéril de los pasados a cuchillo.
Suenan los huesos partidos de los hijos.
Y en esa carnicería humana llamada Palestina, me rindo como
poeta.
Y pido ahora mismo, desnuda de metáforas, que no se fabrique con sus sepulturas
más olvido.
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