El fascismo de pecho al descubierto está ya en el
parlamento.
Muchos dicen que son los de siempre, los que estaban
aguardando el momento para salir a la luz de nuevo, los viejos nostálgicos que
conocieron y amaron a los matarifes, los que siempre han levantado el brazo y
besado la bandera rojigualda, los que afirman contundentes que con Franco se vivía
mejor.
Yo no creo esto.
Pienso que hay una nueva generación de fascistas que no
identificamos. Jóvenes atados a un pasado que no conocieron pero que añoran,
deseosos de un orden en la vida sin emigrantes, ni maricones, ni mujeres
emancipadas.
Una generación de jóvenes con las entrañas podridas de violencia,
hijos de la ignorancia más peligrosa, parias desempleados que encuentran al
enemigo enfrente de sus casas.
Carne de gimnasio y esteroides, ambiciosos del consumo,
gentes con las que quizá trabajamos o vamos al futbol. Mono neuronales que ven
en el insulto, el desprecio y el golpe la forma más eficaz de descargar la ira
que acumulan en este sistema que los machaca desde la infancia.
Estos cráneos vacíos son carne de cañón que se organiza,
que se arma, que sale a la calle a cazar y que, llegado el momento, guiados por
mesías asesinos, enarbolarán ideas criminales y pasarán a cuchillo a quienes les
estorban.
No podemos pecar de ingenuos sosteniendo la idea de que son
los de siempre.
Es una generación nueva, sin presente, ansiosos de estrenar
una nueva España, ansiosos por conquistarla y someterla de una vez por todas.
Una generación que se siente arropada por Europa, por las
leyes, por sus razones negras que crecen y crecen.
Estamos en peligro, vendrán a por todos, no es pesimismo de
poeta.
Ya están en las instituciones, ya son un poco más dueños de
la tierra que pisamos.
Otra vez la amenaza. Y nosotros silbando mientras pensamos
que son los viejos de siempre.
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