Ustedes perdonen pero no sé nada de virus, epidemias,
retrovirales, ni vacunas.
No sé como se maneja una crisis humanitaria de estas dimensiones.
No sé si este virus fue creado en un laboratorio estadounidense
o chino o en España. Quizá lo trajimos de alguno de nuestros exóticos viajes
por esos paraísos lejanos.
En fin. No sé nada. No sé si tenemos esta enfermedad por
habernos comido un murciélago, un pangolín con arroz o un dinosaurio descongelado.
Lo que sí sé es que llevamos semanas encerrados en casa mientras
trabajadores van y vienen a cara descubierta.
Y no hablo de los sanitarios, ese es otro tema.
Hablo de los campesinos, de los migrantes hacinados, de los
que ven pasar las horas recolectando como esclavos. De los que tienen hambre y
sed y son perseguidos y golpeados en las calles.
De los que son ninguneados, chantajeados, insultados.
Ahora mismo ellos son los que nos están alimentando.
Por un salario de mierda.
Este mundo nuestro, primer mundo dicen algunos, llena sus
despensas gracias a que la desesperación obliga a aceptar toda clase de peligros
y humillaciones
Yo no quiero para ellos aplausos. Quiero simplemente que se
les devuelvan los derechos arrancados el día que sobrevivieron al naufragio.
Quiero eso, que desaparezcan sus látigos.
No aplaudiré por ellos, prefiero exigir justicia y no
lavarme después del confinamiento las manos.
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