sábado, 6 de febrero de 2016

10000


Los nùmeros no valen nada si  cuentan  piedras,  estrellas o latidos.
Tampoco valen nada si lo que se ha contado son niños refugiados  desaparecidos.
¿Dónde están?, ¿a quién importan? ¿Viven, malviven, agonizan?, ¿son esclavos ahora mismo?, ¿ahora mismo son violados?, ¿ahora mismo les están arrancando córneas, corazones,  hígados?
¿Dónde los esconden?, ¿cuáles son sus nombres?, ¿Cuántos están sepultados en fosas que nadie sabe?
Son demasiados para olvidarlos. 
A Europa le importan más otros nùmeros.
¿Cómo es esto posible?, ¿cómo es posible que a esta hora no sean ni noticia? ¿Qué metamorfosis sufre la humanidad?
¿Estamos enloqueciendo de manera colectiva?
¿Qué quedará de nosotros si dejamos pasar de largo este delirio de olvidarnos no de uno ni de cien, de 10000 niños?
                ¿Acaso contar niños desaparecidos por miles no es  la mayor de las felonías de este siglo?

Se oyen los pasos del  silencio,
es un andar brutal y amnésico.
Como un ejército desolador
destruye las huellas del hambre,
destruye los refugios y los mares,
destruye los caminos que conducen a la armonía de las mujeres y de los hombres.

Avanza temible,
con sus mil pies y sus millones de desprecios,
con sus mil brazos y sus mil sables,
con sus mil páginas de  historias en blanco.
Avanza al trote, desbocado, furioso,
va herido de muerte.
Gotea dolor con cada paso,
demasiado crimen callado,
demasiados crìmenes.
Demasiados.











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