domingo, 20 de mayo de 2018

Lo personal es político



Lo personal es político o al menos así empezaron las feministas a decir a partir de los años sesenta. Pero creo que se referían y refieren a otra cosa muy diferente que a la casa que Irene Montero y Pablo Iglesias se han comprado y que pagarán a tocateja como todo cristiano.
En todo caso serán sus fieles quienes decidan si lo personal, es decir la compra de este chalet, es suficiente razón para pedirles que se hagan a un lado en política.
Ellos, la pareja, sabían mejor que nadie lo que iba a suceder con este asunto, que no nos vengan ahora con cara de póker, asombrados por el tsunami que ellos mismos han provocado.
El argumento que esgrimen de querer ver crecer a los hijos en un entorno tranquilo, rodeados de los amigos, sin el acoso mediático es legítimo, pero también un argumento infantil, dirigido a quienes empatizarán con ellos, a quienes aún ven, el espejismo de unos lideres capaces de hablar de revolución mientras se aíslan en la sierra para tomar mojitos con los colegas y discernir agudamente sobre la bancarrota en la que están sumergidos millones de españoles.
Mi voto no lo tuvieron antes y tampoco lo tendrán ahora, conozco a muy buena gente en podemos, extraordinarias personas que insisten en cambiar las cosas desde dentro pero también están en primera línea, en la calle, dando la cara, a estas personas que yo conozco no se les puede más que admirar por su coraje incombustible.
Pero con sus dirigentes nunca me he sentido identificada. Hablan demasiado bien, visten demasiado bien, son ilustrados, jóvenes, triunfadores.
Y qué quieren que les diga, no me ha parecido nunca que tuvieran las manos hinchadas de recoger fresa en condiciones infrahumanas, no me ha parecido tampoco que el acceso a la vivienda lo tuvieran negado, ni me las imagino fregando portales, ni limpiando viejos, ni despachando cervezas a borrachos, ni prostituyéndose para alimentar a sus familias.
Es decir, nunca creí que pertenecieran a la clase trabajadora, pero esto no se pone de relieve ahora con la compra de esa casa descomunal, antes, mucho antes ya había gestos, signos, postureos que decían elocuentemente que no eran de los nuestros.
En fin, una pena.
Ojalá las bases de Podemos, esa gente maravillosa y consecuente, sepa estar a la altura de lo que les sucede.

sábado, 12 de mayo de 2018

Yo sí creo en la justicia



Desde la mal llamada transición hasta nuestros días, cientos de asesinatos han quedado impunes, la extrema derecha y las fuerzas de seguridad del estado han paseado a sus anchas en libertad después de haber torturado y de haber sido maestros del gatillo fácil.
Pese a sus crímenes no han pisado la cárcel o la han conocido fugazmente y, además, muchos de ellos, han sido condecorados o ascendidos.
 Premiados por su barbarie respiran el mismo aire que las víctimas fortaleciendo la creencia de que pueden hacer lo que se les ponga en los cojones porque ya hay quienes dan la cara por ellos y tuercen las leyes hasta tenerlos en la calle.
Esto es motivo suficiente para no creer en la justicia, para darse cuenta de que la balanza se inclina siempre para el mismo lado y que la reparación al daño causado es sólo un sueño de los que se esfuerzan en no pasar página. 
Últimamente vemos igual de claro que la justicia es igual de desafiante que en otros tiempos y nos ordena callar de inmediato porque aún hay mucho sitio para nosotros en las cárceles.
La sentencia a los violadores de la manada, esa falta de empatía, ese ninguneo a los padecimientos de las mujeres, esos argumentos feminicidas nos ponen en guardia y nos encontramos de nuevo afirmando: la justicia no existe.
  La libertad de expresión, la libertad de pensamiento y la libertad de movimiento están tan acorraladas por las leyes que cualquier palabra, gesto, broma nos puede sentar en el banquillo para obligarnos a decir otra vez: la justicia no existe.
Ahora esperamos lo que dictaminen los jueces sobre los jóvenes de Altsasu a todas luces inocentes del delito de terrorismo que se les imputa. Tres de esos jóvenes llevan en el talego más de 500 días y de nuevo estamos esperando la sentencia, pero desde ya podemos decir que para esos jóvenes la justicia no existe.
Y es cierto que no podemos esperar nada bueno de los que la administran, de los que hacen la vista gorda ante las torturas y los abusos y la orfandad de los que están entre rejas. Pertenecen a una clase que nada tiene que ver con nosotros y su mirada mayormente está empañada. Es servil a quienes le pagan.
Pero la historia de los oprimidos siempre ha sido la misma, una búsqueda incansable de la justicia, una urgente necesidad de encontrarla, desenterrando fosas comunes, señalando a pecho descubierto a los tiranos, arriesgando pueblos, infancias, territorios.

Por esos hombres y mujeres que nos precedieron yo sí creo en la justicia. Creo que es obligación nuestra exigirla con mayúsculas como la exigieron muchos desde el exilio o desde los infiernos a los que fueron confinados.
Sigamos creyendo en ella porque es lo que va a mantenernos en pie en medio de este desastre.
Sigamos creyendo en ella, aunque los violadores vivan plácidamente esperando su absolución, aunque los mangantes alardeen de su culpabilidad, aunque este país sea una mierda y las leyes ahoguen a todo el que se mueva.
Debemos ser firmes y no claudicar. Con esta desesperada impotencia, con esta rabia, con esta furia que se desata día sí y día también cuando vemos a la gente esposada por unas ideas, por unas canciones, por unas banderas, por una pelea.
La Justicia claro que existe.
Camina con los zapatos de los victimarios mientras el pueblo la busca con los pies descalzos.


domingo, 6 de mayo de 2018

La violación de la justicia



Estos días atrás, por el dolor que nos causó la sentencia por la violación de la manada han ido apareciendo en las redes testimonios de mujeres que han sido violadas o maltratadas por sus familiares en la infancia, por sus parejas o por desconocidos. En noches de fiestas, en el confort de las alcobas o a plena luz del día.
Violaciones que en el mayor número de casos quedaron sin denunciarse y fueron ocultadas en la memoria hasta que hace unos días la rabia abrió la caja de Pandora y salieron de ella los recuerdos detallados de aquellos momentos de infamia.
Llevamos siglos callándolo todo, por vergüenza y por miedo y porque muchas aceptamos en lugar miserable al que fuimos confinadas cuando nos dijeron que éramos inferiores y que además olíamos como el pescado.
Han cambiado algo las cosas, pero no demasiado. Casi todas hemos sentido que la voz de esta víctima de la manada era también nuestro alarido. Atávico, solidario.
Y la respuesta ha sido un nuevo castigo para ella, un castigo para todas.
Nos han dejado una vez más en pelotas, desnudas, azotadas, humilladas, solas frente a un poder que no nos considera gran cosa.
De nuevo una violación múltiple y pública, la de todas las mujeres.
Yo pienso que llegadas a este punto no hay retorno posible, sólo nos queda defendernos, atacar a quien nos agrede.
Que nos tengan miedo, somos muchas y nuestros puños también pueden.
Que sirva esta experiencia para darnos cuenta de que sólo denunciando no obtendremos justicia porque los que la administran la manosean como si fuera una niña borracha que no se entera.

sábado, 21 de abril de 2018

Yo estuve en Altsasu



Yo estuve en Altsasu en la madrugada del 15 de octubre del año 2016.
Estaba en aquel bar con mucha más gente que se divertía.
Estaba con una camiseta roja, junto a otros que también llevaban camisetas rojas.  Y eran rojas las paredes y era rojos mis zapatos y era rojo mi pelo.
Y me llamaron por mi nombre y me golpearon porque grababa con el móvil lo que estaba sucediendo.
Estaba ahí cuando llegó la policía y había un hombre en el suelo que nos señalaba a todos incluso a los que no estuvieron, incluso a aquellos que no llevaban camisetas rojas y dormían plácidamente en sus casas sin saber lo que ocurría.
Estábamos allí todos o podíamos estar o podremos estar en otros lados cuando se desate la maquinaria de nuevo y nos señalen con el dedo.
Podríamos estar en la cárcel 500 días o 10 años o morir en una celda si así lo quieren.
Todos estamos en el juicio que se está celebrando, todos somos acusados. Igual que esos jóvenes de Altsasu, todos podemos ser culpables de delitos que nunca cometimos.
Y debemos saberlo, puede sucedernos: una riña de bar, una reunión, un tuit, una canción.
Es la coartada para jodernos la vida, para atarnos en corto.
Las leyes están fabricadas para que cualquier excusa sea terrorismo.
Da igual si vivimos en Canarias, Andalucía o Castilla. Esos jóvenes apaleados con saña y condenados a vivir entre rejas por una pelea pueden ser otro día nuestros vecinos o nuestros hijos o nosotros mismos.
Yo estaba allí como os digo, hoy estoy en Altsasu y también estoy al lado de quienes nunca debieron estar sentados en el banquillo.

viernes, 20 de abril de 2018

Los partos de la bestia, 2ª Edición, Editorial Reflector



Yo no creo que sean malos tiempos para la poesía. La poesía no sabe de eso. Desde siempre se han escrito versos con mayor o menor fortuna. Somos muchísimos poetas, muchísimos libros publicados, muchísimos certámenes y encuentros donde glorias y fracasos se dan cita casi diariamente.
Lo que sí creo es que hay una poesía que pasa desapercibida porque lo que cuenta, de alguna manera, nos pone contra las cuerdas y nos obliga a tomar partido.
No hablo de la poesía social, hablo de una poesía más marginal y precaria, hablo de la poesía que pretende recuperar la humanidad haciéndose preguntas incómodas.
La poesía de la que hablo no se conforma con llorar al niño refugiado, no se queda parada ante un desahucio, señala con sus dedos de amapola al imperio y a sus criaturas. Se alza poderosa contra las jaulas y los presidios, no se deja acobardar si la desafían.
Esta poesía no es nueva, no pretende innovar, su queja es tan antigua como el mundo.
Sus palabras son apenas el eco sordo de los explotados de la tierra.
A los que nos dedicamos a esta poesía acorralada nos precedieron otros y después de nosotros vendrán otros que también arriesgarán su lengua y su porvenir.
Y en esta apuesta que hacemos los poetas ahora, los que estamos en las arenas movedizas sintiendo que somos engullidos por nuestra conciencia clara, a veces, nos acompaña una editorial, un soñador a tiempo completo que también ve el mundo como lo vemos nosotros y que también ve la necesidad de no guardar más silencio.
Un ser humano o varios que arriesgan tiempo, dinero y utopía editando libros que se lleva la corriente.
En mi caso es la Editorial Reflector.
David Lacaida ha editado por segunda vez “Los partos de la bestia”. Un poemario publicado en el año 2011, unos versos desgarrados, dolientes, oscuros como la rabia. Iguales que una bandera negra en mitad del arcoíris.
Este poemario es un alarido, uno más.
Siento tristeza al decir que el contenido de estos poemas está vigente. La violencia, desde que estos versos vieron la luz por primera vez, ha aumentado, la ignorancia es la llave del candado que nos amordaza, las guerras se perpetúan no muy lejos y callamos con nuestra indiferencia.
Esta segunda edición de Los partos de la bestia, lleva las mismas armas: un puñado de versos lanzados a la cara de quienes aún creen que vivimos en democracia, de quienes aún creen que es posible asaltar los cielos sin arriesgar todo o nada, de quienes cada mañana se visten mansamente y mansamente aceptan cada una de las miserias.
                 
                                               *** 
Reflector, no desea que la poesía sea un privilegio para unos pocos, publica libros y amplifica las voces de autores que de no ser por esta editorial estarían condenados a la afonía.
Hacer que el ruido sea maravilloso de nuevo, de Pablo Fernández
Donker, de Albertina Castaño
La lectura es un proceso de envejecimiento, de Dani Jiménez
Calendarios, de David San Martín
Desierto, de Duna Huller
Venid a ver la sangre de mi memoria herida, de Silvia Delgado
Versos de fogueo, de Josef Antoni
Fuego de cincel de Julián Fraile
Cerebro roto de Pablo Fernández
En voz alta, de Josef Antoni

Once libros, once miradas, once espejos en los que mirarse en estos tiempos de deformidades.
Ojalá vuelen bajo estos versos, apegados a la tierra, ojalá viajen en los bolsillos de quienes aún hoy y a pesar de todo quieren un lugar mejor donde jueguen, canten y piensen nuestros hijos.
Ojalá sirvan y el esfuerzo que hacemos poetas y editoriales como Reflector algún día se vea recompensado con el brindis de la victoria.
De momento no está prohibido soñar. Soñemos.

https://librosreflector.bandcamp.com/
https://librosreflector.bandcamp.com/album/los-partos-de-la-bestia

lunes, 16 de abril de 2018

Ten cuidado (vídeo y texto)


Ten cuidado si miras para otro lado,
si bajas la voz y la palabra.
Ten cuidado si mientes
si olvidas,
si inventas.

Ten cuidado si obedeces
si rindes pleitesía
si comes pan y vas al circo.

Ten cuidado si participas del saqueo,
si aplaudes leyes criminales,
si vives acorazado.

Ten cuidado si la sangre ni te mancha ni te importa,
si los muertos son lejanos o anónimos,
si tienes  coartada para los crímenes.

Ten cuidado, amigo, ten cuidado,
si no ves esta  pesadilla,
si llevas esterilizados los sueños,
si no ves que se amontonan los genocidios.

Ten cuidado, amigo, amiga,
si usas demasiado el silencio,
si llevas ásperas las rodillas,
si mueves los hombros
y tienes las ideas quebradizas.

Ten cuidado si llegas tarde
si te acomodas a tu destino
si te haces el dormido.

Ten cuidado si bajo tus pies la tierra es yerma
si a tu alrededor, todo amarillea.
Ten cuidado si bostezas,
si tu sangre no protesta,
si no sientes escalofríos.

Ten cuidado si no ves a los bastardos,
si no señalas el fondo,
si pasas de largo,
si tienes los ojos cansados,
si eres un lacayo.

Ten cuidado, amigo, amiga, tened cuidado.
Está amaneciendo y en el nuevo día
no habrá lugar para los que clavan el puñal
ni para los que lo afilan.

viernes, 13 de abril de 2018

14 abril 2018



Eran pobres y analfabetos en aquella España arrodillada ante dios, el tricornio y la corona.
Quisieron ser enemigos del hambre y los andrajos, quisieron la tierra pa ellos, los libros pa sus niños, un porvenir sin bolsillos vacíos, sin cruces y sin látigos.
Eso querían: vivir de sus costillas.
Se pusieron manos a la obra, dejaron a un lado el miedo y quitaron el polvo a su dignidad para mostrarla brillante.
El optimismo de los pueblos siempre fue sospechoso y caminar sin pedir permiso era el peor de los desafíos.
Entonces, en aquella España, era una insolencia querer pan y trabajo.
Y fueron a por ellos.
Clavaron sus colmillos podridos en aquel pueblo miserable y los ríos de sangre fueron mares.
Y los cuerpos pasados a cuchillo se multiplicaron y por manadas huían de aquel infierno preñado de barbarie.
Crucificado, el pueblo, apenas resistía.
Y lloraban a escondidas mientras limpiaban sus fusiles oxidados para defenderse de los cerdos que no se compadecían ni de las mujeres embarazadas que rogaban por sus hijos.
Y perdieron la esperanza.
Fueron vencidos.
Hoy apenas quedan algunos hombres y mujeres vivos de aquel tiempo sangriento.
Hoy, esos pocos aún vivos, quizá piensen que fue en vano su martirio. Que no hemos sabido, maldita sea, recoger el testigo y que aún seguimos con la corona en la frente, el tricornio amenazante y dios en todas partes.
Yo pido perdón a esos viejos que malmueren sin estrenar su sueño firme.
Les pido perdón por haber dejado nuestro destino en manos de los mismos que los condenaron a vivir a escondidas.
Les pido perdón porque los piojos y las caries hoy también se reproducen.
Porque lo campesinos aún mendigan el salario, errantes por los campos. Náufragos.
Porque aún hoy somos esclavos de la industria y nos revientan con suicidios.
Porque aún hoy morimos de frío.
Os pido perdón viejos.
Fuisteis semilla en una España que nunca entendió de primaveras.