jueves, 3 de septiembre de 2015

La hostia


La hostia que hemos recibido en la conciencia estos días nos ha dejado tiritando.
Niños muertos sobre la arena.
Alambradas.
Desesperación por manadas.
Trenes cargados de seres humanos que huyen del horror.
Muros, cuchillas, mares convertidos en sepulturas inmensas.
Andrajos, miedo, muerte.
Y nosotros, que olvidamos fácilmente contemplamos esto como si fuera nuevo.
Como si no existiera Gaza, ni Ucrania, ni Irak.
Como si el mar no fuera desde hace decenios un enorme cementerio
Como si fuera la primera vez que un país o varios huyen del espanto de una guerra inventada lejos por la codicia y sus turbios manejos.
Y todos queremos ser solidarios, deseamos abrir nuestras casas, ser mejores  en mitad de tanta desolación.
Pero la maquinaria sigue su trabajo demoledor, escupiendo sangre, huesos, patrias, infancias.
Y yo, que cada día me siento más vieja y cansada, me pregunto a estas horas, ¿qué será lo siguiente?, ¿con qué argumentos?, ¿hasta dónde permitiremos que lleguen los que se reparten la tierra y esparcen los cadáveres?
 Vivimos tiempos democráticamente homicidas,  ¿en nombre de qué o de quiénes?
La respuesta es simple: El horror  es demasiado rentable para ponerle límite, ¿vamos a permitirlo más siglos?

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