martes, 28 de marzo de 2017

¿Imperialismo? No, gracias


Puede parecerles un atrevimiento que hable sobre Siria porque simplemente soy poeta y ya están los estudiosos, los analistas y los teóricos pa darnos clases magistrales sobre esto.
Sucede que casi todo lo que nos cuentan se nutre de criminal mala leche.
Sucede que todos estamos de acuerdo y nos ponemos orgullosos al afirmar nuestro antiimperialismo en Chile, en Nicaragua, en Cuba o Venezuela, pero ese antiimperialismo se evapora ahora que hace falta en Siria.
Callan los más furibundos  o hablan como cotorras pa decir que ni lo uno ni lo otro.
Verán, yo sé muy pocas cosas, las justas pa defender mis ideas. Pero sé que el imperio y sus secuaces desean doblegar a Siria.
Sé que no es nuevo esto de fabricar guerras, de masacrar, de buscar aliados sanguinarios, de apoderarse de las riquezas ajenas por cojones.
Sé que las excusas que usan son avaladas por los escribidores, por los mercenarios de la pluma y el micrófono, por los intelectuales que se llaman a sí mismo neutrales.
Creo que la izquierda anda errática, cobarde, pusilánime, cómplice.
Creo que el imperio ha conseguido poner de su lado a quienes antes señalaban la sangre que goteaba de su bandera.
La coartada es que los que gobiernan en Siria no son buenos.
Pero, aunque fuera cierto, ¿qué tiene que ver esto pa legitimar la barbarie del imperio sobre este pueblo?

Versos de fogueo


…cantamos porque llueve sobre el surco

y somos militantes de la vida

y porque no podemos ni queremos

dejar que la canción se haga ceniza”. Benedetti



Creo, como decía Benedetti, que los poetas somos militantes de la vida.
Podemos elegir no mirar más allá de nuestros propios límites y quedarnos en los claroscuros de la experiencia personal o podemos arrancarnos a jirones las injusticias.

“Versos de fogueo” es el poemario de la militancia, del poeta que, armado de vida, dispara a bocajarro contra la estulticia de esta democracia.

Josef Antoni, su autor, no se queda a medias, no utiliza eufemismos, no adorna con ropajes la realidad, la muestra en pelotas, tal cual. Denigrante y emputecida.
Golpe a golpe, cuerpo a cuerpo, su poesía nos enseña las pústulas de los que reciben los zarpazos.

Porque no debe callar el cantor, aunque lo callen.

Sucede que a veces las poetas, escribimos intuitivamente.
Guiadas por la brújula que tenemos clavada en nuestros escritorios, derramamos poemas sin experiencia, de oídas y se caen de nuestras manos sin haber respirado siquiera una pizca de verdad con sus pulmones deformes.

No es el caso de “Versos de fogueo”, cada palabra tiene el peso colosal de las voces anónimas, cada estrofa lleva a rastras el dolor de la infamia, cada poema regurgita el asco de esta sociedad impasible pero también y pese a todo contagia la euforia de creer que es urgente cambiar las cosas.

Poemas escritos a pie de tajo, entre gritos, represión, alambradas y cadenas, entre la impotencia y la esperanza, poemas del ahora, del aquí mismo, de este instante.
Incendiarios y desesperados, los poemas de Josef Antoni siguen la huella, husmean las heridas, cabalgan desbocados a lomos de la solidaridad y beben al fin, deshidratados, del manantial de la utopía.

Leerlos hace daño, duelen necesariamente. Es la vida misma.




lunes, 27 de marzo de 2017

Brigadas internacionales


Durante la guerra española (1936-1939), más de 35.000 hombres y mujeres de 53 países distintos, agrupados en las Brigadas Internacionales, acudieron a España en auxilio del gobierno de la II República. Nunca en la Historia se ha producido un caso tan extraordinario de solidaridad internacional. Aquellos jóvenes vinieron dispuestos a dar su vida para ayudar al pueblo español, cuyos derechos y libertades estaban amenazadas por el fascismo español y europeo. Más de 9.000 de ellos dejaron sus vidas en los campos de España.



No quisieron quedarse con los brazos caídos mientras anochecía
en un pueblo que empeñò su amanecer y salió vencido.
No quisieron dejar crecer sus raíces hasta morirse.

Vinieron a los hechos consumados,
a la sangre y a los piojos,
a quedarse con muñones,
a reventar su futuro con recuerdos que quemaron toda una vida.
Toda.
Vinieron para dejarnos su trabajosa solidaridad,
su ternura,
su bárbara empatía.

Vinieron porque los paredones  se multiplicaban,
porque las infancias se perdían entre el miedo y el hambre.
Y el miedo y el miedo.
Y el hambre.

Vinieron porque no podían quedarse quietos
mientras aquí el odio arrinconaba a la justicia
y la muerte era a veces un respiro
y la dignidad quedaba a solas,
de espaldas a un mundo que ignorante lo llamaba guerra fratricida.

Vinieron y se hizo babel en las trincheras,
y se hizo babel entre los heridos
y se hizo babel porque quisieron
defender un sueño.
Sólo eso.

Casi sin nombre, casi sin origen,
sólo su cuerpo,
sólo su canto libre,
sólo su amanecer dolido en la oscuridad de una patria  que muriò aquellos años
de brutal felonía.

miércoles, 22 de marzo de 2017

Fàbricas de niños


Cuando era una niña no me gustaba jugar con muñecas, las guardaba en una caja, en el armario y me olvidaba de ellas, prefería pasear con mi perro o correr entre los maizales.
Me aburría vestirlas, desvestirlas, ponerlas a andar, llevarlas de paseo.
Pasaron los años y nunca contemplé la posibilidad de embarazarme, no me imaginé con niños de la mano, en la puerta de las escuelas esperándoles, ni ayudándoles a hacer los deberes, mi imaginación andaba por otros caminos.
No odio a los niños, todo lo contrario, cuando los veo y presiento que todas sus necesidades se ven satisfechas incluidas la ternura y los abrazos me alegro.
Quiero decir con esto que hay mujeres que no deseamos ser madres pa sentirnos completas.
Que aunque desde la infancia nos presionen pa que vayamos acostumbrándonos a este destino muchas de nosotras guardamos ese destino en una caja al fondo de nuestros armarios.
No soy madre, eso es todo, nada me falta, rondo los 50 años y no me siento a medias.
No entiendo a las mujeres que pa ver su deseo maternal satisfecho corren al extranjero a comprar un niño o buscan un vientre de alquiler previo pago carísimo.
Que sean estériles y tengan dinero suficiente no es excusa pa comprar carne humana.
No me gusta la sociedad en la que vivo por muchas cosas pero sobre todo porque las mujeres empobrecidas fabrican niños pa unas pocas consumidoras con visa oro.
No pasa nada si no tenemos hijos. Nada pasa ni no podemos, si no queremos, si se nos hace tarde.
Somos  tan mujeres como una madre.

lunes, 20 de marzo de 2017

Los combatientes y editorial Reflector


Ignorados, los combatientes perpetúan sus sueños pese a todo.
En selvas o sobre asfalto, de manera individual o colectiva van cambiando el mundo poco a poco.
 Nutren las utopías armados con ideas. A veces con fusiles, a veces con palabras o pancartas, a veces atados con cadenas en las casas desahuciadas o en los muros que separan las patrias. A veces en pie, inamovibles, frente a los tanques de guerra… mueren y renacen una y otra vez por los siglos de los siglos.
No llevan uniforme, ni siquiera cuelgan medallas oxidadas, sus pechos van al descubierto y reciben los disparos de la vida con la entereza de quienes saben que algún día tendrán alguna victoria que sanará sus heridas.
No les hablo de soldados, aunque quizá sí.
Les hablo de los que combaten en esta guerra cotidiana de violencias feroces, de feroces indiferencias
Sus armas son letales aunque no derramen sangre.
Les hablo de los que se niegan a aceptar que la miseria es culpa de los pobres, les hablo de los que señalan la podredumbre, de los que asamblea tras asamblea van esparciendo conciencia, les hablo de las mujeres, de los emigrantes, de las campesinas, de los trabajadores, de ese universo emancipado, pequeño pero firme que apuesta por la justicia.
Y también les hablo de poesía, de poemas insurrectos que se cuelan entre las grietas de un sistema que nos depreda y aísla.
Les hablo de poetas desobedientes, de editoriales subversivas, les hablo de Editorial Reflector, por ejemplo.
 Frente una realidad desoladora y como otros combatientes, Reflector también dispara.
La poesía en sus manos se convierte en un AK47.


miércoles, 1 de marzo de 2017

3 de marzo, Gasteiz


El 3 de marzo asesinaron en Gasteiz a cinco trabajadores. A quemarropa.
Más de cien personas heridas, muchas de ellas de gravedad.
 Se paró en seco la ciudad, los que no están acostumbrados a tener miedo lo tuvieron y sin temblarles la voz dieron la orden de los “mil tiros”, de “la mayor paliza de la historia”, de la masacre.
Los que luchaban pagaron con cinco vidas y la impunidad continuó su camino hasta nuestros días.
Hoy todo sigue atado y bien atado, la clase trabajadora desorientada, perdida en las colas del desempleo, detrás de los mostradores de las tiendas, de las barras de bar, re -esclavizada por las ETTs, mendiga en los comedores solidarios, desahuciada una y otra vez languidece en los barrios y en los pueblos tragando toda esta violencia.
Inmóvil y aislada parece que no tiene fuerza para responder a los latigazos que reciben.
Y van pasando los años y cada vez es más grande el abismo por donde son defenestrados los emputecidos. Cada vez son más los que caen en este empobrecimiento insostenible, donde el trabajo no da pa comer, donde el trabajo es casi un espejismo.
 En 1976, en Gasteiz, en toda Euskal Herria, en aquel tiempo en todo el Estado español se plantó cara a este destino fatal que quería condenarnos a la mansedumbre, a la ceguera, a la afonía.
Hoy la condena es firme.
Sentenciada a la miseria, la clase trabajadora no reacciona o lo hace aisladamente o se sienta a esperar que un mesías detenga los ataques.
Da tristeza pensar que tantas vidas tiroteadas por toda la geografía hoy no nos sirvan.
 Sin conciencia, hambreados, esclavizados, aceptamos cabizbajos no salvarnos a nosotros mismos.
¿Hasta cuándo podremos resistirlo?