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martes, 13 de julio de 2021

A la mierda


Otra vez el burro, la zanahoria y el molino. Otra vez.

Cuba de nuevo en la boca de todos.

Los que cruzan el charco para mirar solidariamente están ciegos en su patria.

Un ejército de mercenarios del periodismo da fe con sus artículos al desatino.

Dictadura, hambre, libertad, repiten como un mantra.

Dictadura, hambre, libertad.

Dictadura.

Ignorantes incapaces de ver las colas del hambre de su barrio.

Ignorantes incapaces de cuestionar la ley mordaza y otras similares.

Ignorantes incapaces de reconocer que aquí la libertad brilla por su ausencia cuando se trabaja en precario y hay que decir amén al amo.

Aquí no importa, allí importa y mucho.

Otra vez el imperialismo acechando a la isla,

otra vez diciendo al mundo que hay que salvar al pueblo de tanta mano dura,

otra vez afilando las garras y los sables para entrar a saco y romper sus moldes socialistas.

El bloqueo no se cuestiona. Para qué.

Eso no es lo que importa.

Quieren el salvoconducto de los biempensantes, de los que se llenan la boca ahora mismo con la palabra solidaridad e ignoran que es Cuba quien puede dar lecciones cum laude.

¡A la mierda, hipócritas indecentes!

 

domingo, 1 de mayo de 2016

La tripa


Cuando yo era una niña recuerdo que venían a la escuela tres hermanos pobres. Muy pobres.
Eran callados, tristes, olían a meado y llevaban los dientes agujereados y negros por las caries.
Estaban en cursos inferiores al mío y no sé cómo era su rendimiento escolar, imagino que aprendían poco, con la tripa vacía resulta muy difícil avanzar en la vida.

No sé qué suerte corrieron, no sé si el destino les preparo una vida mejor y ahora están con la nevera llena y la sonrisa permanente. Ojalá.
Ver a aquellos hermanos, apelotonados los unos con los otros, sin juegos ni amigos, sin libros bajo el brazo,  me hizo preguntarme sobre la pobreza, sobre la diferencia que había entre ellos y nosotros, sobre sus silencios, sus miedos y sus miradas derrotadas.
Éramos niños y ya contemplábamos las heridas que va dejando en la infancia una vida de miserias.
Ahora ya soy mayor, casi 50 años  y como cuando estaba  en el patio de la escuela, al mirar a los tres hermanos cabizbajos me preguntaba por qué era tan larga su pena, hoy, al contemplar el mundo me pregunto por qué  tantos  millones de personas   no conocen una tregua.
¿A qué clase de mundo infernal  fuimos arrojados?
Algo tan elemental, tan sencillo y tan cotidiano como es saciar el hambre y la sed es un privilegio en casi cualquier sitio.
Porque da la gana de que sea así.
Porque no alcanzamos a ver la dimensión de esta tragedia, el verdadero holocausto de la pobreza extrema.
En Cuba no existe la malnutrición infantil severa.
Más de12 millones de niños en Estados Unidos se enfrentan al hambre y a la inseguridad alimentaria.
Díganme, si Cuba, con tan poco recursos y tantos enemigos puede, ¿por qué entonces, en el país más democrático del mundo, son ejecutados migaja a migaja?
Pensemos qué infancia hubieran tenido los hermanos de los que hablaba al principio de haber nacido cubanos.
¿Y si fueran nuestros hijos? ¿Què lugar de los dos elegiríamos para asegurarnos su supervivencia?
Pues eso.